Democracia: una Escuela Politica
Cuba y Democracia II
Diciembre 2006
¿Debe ser la Democracia condición primaria al diálogo?
Del ideario disponible para el desarrollo democrático en Cuba, resulta interesante en su concepto, la plataforma política de Carlos Alberto Montaner y su partido Unión Liberal Cubana. Este ideario, además de disponer del apoyo del Liberalismo internacional, fomenta sus raíces en concepciones económicas triunfantes, basadas en la libre empresa, la iniciativa individual sin restricciones políticas e interferencia estatal y en un sistema jurídico constitucional imperante. Quieen puede discutir el hecho que una Costa de Marfil, un Singapur y hasta un Vietnam son perfectos ejemplos.
Sin embargo, ante esta seducción idearia, cabe preguntarse ¿Cómo y cuándo puede esto implementarse satisfactoriamente? Si la teoría de la Escuela Economista de Chicago, requiere de las bienaventuranzas de una democracia, estaríamos lejos de lo que solo seria una improvisación, semejante a lo que se ha estado viviendo en Cuba por 47 annos: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, y contra vientos y mareas.
El desarrollo de esta plataforma en democracia convence y conquista adeptos que ya viven en democracia, ya que la capacidad de información así la limita. La masa humana más significativa, que radica en la isla, la tiene fuera de su alcance. Así resulta uno de los regalos traídos de afuera, y como tal se aprecia, pero nada tendría más solidez que lo emanado de la savia nacional. Allí donde está lo autóctono y la praxis de medio siglo y tres generaciones de un sistema errado o no, radica la solidez.
Yo veo el ideario de los partidos políticos extraterritoriales todavía en la periferia, y a los nacionales, victimas de la represión. Esto no habla de un ejercicio inútil, sino más bien que su dinámica requiere del espacio que todavía no existe. El espacio ha de crearse a partir de dos situaciones diametralmente opuestas. O bien tras el agotamiento de una guerra civil, o bien como resultado del diálogo y agotamiento del sistema imperante, al parecer esto último, lo que todos queremos.
Dependiendo de cómo esto ocurra, ese espacio y su sustrato humano interior podrían sostener una democracia u otro caudillismo extremo, de signo contrario.
De nada sirve establecer paralelos con las coyunturas de cambios postdictatoriales de chilenos, españoles o vietnamitas y sus milagros económicos subsiguientes. Nada más erróneo citarlos como metas, si desconocemos las características del sustrato humano, en el espacio nacional para definir lo que no es más que una ilusión democrática. Cabe aquí citar el ejemplo de la ilusión democrática venezolana.
El diálogo sin el menor de los prejuicios, es esencial. El diálogo con quien sea que represente el poder político, y sin las demandas ilusorias que nos impedirían el primer paso en un largo proceso, más pragmático hacia una democratización. La urgencia que sentimos por implementar este proceso, y que proviene de una larga frustración, no debe cegarnos a la realidad.
Los componentes de esta realidad ante nosotros, en la posibilidad de un cambio cada vez más predecible son completamente distintos de otras dictaduras. Ninguna ha estado tan próxima geográficamente y ligada al imperativo de los Estados Unidos. Todas han tenido una herencia económica capitalista favorable antes del cambio y una progresión política estable de muchos anos auspiciadora de ese cambio, que llego por peso gravitacional.
En los casos de Alemania y Vietnam, dos mitades de su territorio asumieron la reparación y conclusión del desastre. En los de España y Chile sus economías ya se encontraban más allá de un despegue y sus pueblos no estaban polarizados por miedo y revanchismo.
El Franquismo surgió de la depresión nacional subsiguiente al desastre del 98 y en el teatro del expansionismo Soviético, después de cien anos de balance político armónico entre liberales y conservadores y una Monarquía en crisis. Su bloqueo económico fue superado con creces por sus alianzas coloniales y el interés Estadounidense de frenar el comunismo. Dejó una economía expansiva y exitosa, a la vez que ansiaba el freno a un caos político, que significaría el enganche con Europa.
El Pinochetismo sobrevino por el mismo interés Estadounidense de frenar el comunismo, después de más de un siglo de democracia ejemplar, como un fenómeno atípico en un continente antidemocrático, (y en perpetua búsqueda de protagonismo en un mundo medieval). Entre sus positivas consecuencias, dejó la herencia de una economía saludable, ejemplo exitoso de la Escuela Económica de Chicago. La revisión a su dictadura, fue forzada a los chilenos, quizás por el protagonismo de un Juez, en la siempre añoranza de un paternalismo colonial intervencionista no solicitado. Si no, hubiera quedado en el olvido, crímenes incluidos.
El Castrismo surge de una innecesaria guerra civil, acaudillada por una intelectualidad de rebeldía terrorista, basada en una sui géneris interpretación del ideal Martiano y dedicada genéricamente a la construcción de una utopía y un mito político, en medio de una economía brillante que evolucionaría a un balance negativo desastroso, a la vez que subsirviente en su dependencia. Sostenido tan solo por un protagonismo mundial en la dinámica de la Guerra Fría y por la incompetente política Norteamericana que lejos de propiciar Bloque Político de su área geográfica, crea alienación, que perpetua la polarización.
Más de tres generaciones han participado en el dilema de muerte o protagonismo. No importa el desgaste en guerras internacionales, solidaridades mitológicas, atletismo político, abismos nucleares y carencias básicas décimo mundistas. Todos somos el gobierno, y todos hablamos en tribuna internacional, con un lenguaje respetado. Somos el hombre nuevo.
Tampoco importa que ya todo sea agotamiento y desilusión. Queda el miedo. El miedo a pactar con el infierno que se nos creo, si sobreviene un cambio. Y en esto del infierno, muchos siguen alimentando sus dudas. Así, esta dictadura es incomparable, como es incomparable la ansiedad de sus detractores.
No es posible esperar que de semejante carta de navegación, desembarquemos en una democracia. Si es posible pactar, incrementando el contacto humano, contribuyendo a elevar la economía en desastre dependiente, enseñando la cara desconocida del infierno y deshaciendo paulatinamente el miedo al cambio. Es ahí el primer paso, cauteloso, de muchos que están por venir en un preámbulo donde “nazca” la motivación democrática.
Así que paciencia, mucha paciencia, primero hay que deshacer el mito. Pero en ambos lados.
Apoyemos el dialogo, aperturas sin exigencias y lógicas de lo negociable. A no ser que el empeño de democracia en el tapete de la mesa sea, interés de grupos o promoción personal
Diciembre 2006
¿Debe ser la Democracia condición primaria al diálogo?
Del ideario disponible para el desarrollo democrático en Cuba, resulta interesante en su concepto, la plataforma política de Carlos Alberto Montaner y su partido Unión Liberal Cubana. Este ideario, además de disponer del apoyo del Liberalismo internacional, fomenta sus raíces en concepciones económicas triunfantes, basadas en la libre empresa, la iniciativa individual sin restricciones políticas e interferencia estatal y en un sistema jurídico constitucional imperante. Quieen puede discutir el hecho que una Costa de Marfil, un Singapur y hasta un Vietnam son perfectos ejemplos.
Sin embargo, ante esta seducción idearia, cabe preguntarse ¿Cómo y cuándo puede esto implementarse satisfactoriamente? Si la teoría de la Escuela Economista de Chicago, requiere de las bienaventuranzas de una democracia, estaríamos lejos de lo que solo seria una improvisación, semejante a lo que se ha estado viviendo en Cuba por 47 annos: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, y contra vientos y mareas.
El desarrollo de esta plataforma en democracia convence y conquista adeptos que ya viven en democracia, ya que la capacidad de información así la limita. La masa humana más significativa, que radica en la isla, la tiene fuera de su alcance. Así resulta uno de los regalos traídos de afuera, y como tal se aprecia, pero nada tendría más solidez que lo emanado de la savia nacional. Allí donde está lo autóctono y la praxis de medio siglo y tres generaciones de un sistema errado o no, radica la solidez.
Yo veo el ideario de los partidos políticos extraterritoriales todavía en la periferia, y a los nacionales, victimas de la represión. Esto no habla de un ejercicio inútil, sino más bien que su dinámica requiere del espacio que todavía no existe. El espacio ha de crearse a partir de dos situaciones diametralmente opuestas. O bien tras el agotamiento de una guerra civil, o bien como resultado del diálogo y agotamiento del sistema imperante, al parecer esto último, lo que todos queremos.
Dependiendo de cómo esto ocurra, ese espacio y su sustrato humano interior podrían sostener una democracia u otro caudillismo extremo, de signo contrario.
De nada sirve establecer paralelos con las coyunturas de cambios postdictatoriales de chilenos, españoles o vietnamitas y sus milagros económicos subsiguientes. Nada más erróneo citarlos como metas, si desconocemos las características del sustrato humano, en el espacio nacional para definir lo que no es más que una ilusión democrática. Cabe aquí citar el ejemplo de la ilusión democrática venezolana.
El diálogo sin el menor de los prejuicios, es esencial. El diálogo con quien sea que represente el poder político, y sin las demandas ilusorias que nos impedirían el primer paso en un largo proceso, más pragmático hacia una democratización. La urgencia que sentimos por implementar este proceso, y que proviene de una larga frustración, no debe cegarnos a la realidad.
Los componentes de esta realidad ante nosotros, en la posibilidad de un cambio cada vez más predecible son completamente distintos de otras dictaduras. Ninguna ha estado tan próxima geográficamente y ligada al imperativo de los Estados Unidos. Todas han tenido una herencia económica capitalista favorable antes del cambio y una progresión política estable de muchos anos auspiciadora de ese cambio, que llego por peso gravitacional.
En los casos de Alemania y Vietnam, dos mitades de su territorio asumieron la reparación y conclusión del desastre. En los de España y Chile sus economías ya se encontraban más allá de un despegue y sus pueblos no estaban polarizados por miedo y revanchismo.
El Franquismo surgió de la depresión nacional subsiguiente al desastre del 98 y en el teatro del expansionismo Soviético, después de cien anos de balance político armónico entre liberales y conservadores y una Monarquía en crisis. Su bloqueo económico fue superado con creces por sus alianzas coloniales y el interés Estadounidense de frenar el comunismo. Dejó una economía expansiva y exitosa, a la vez que ansiaba el freno a un caos político, que significaría el enganche con Europa.
El Pinochetismo sobrevino por el mismo interés Estadounidense de frenar el comunismo, después de más de un siglo de democracia ejemplar, como un fenómeno atípico en un continente antidemocrático, (y en perpetua búsqueda de protagonismo en un mundo medieval). Entre sus positivas consecuencias, dejó la herencia de una economía saludable, ejemplo exitoso de la Escuela Económica de Chicago. La revisión a su dictadura, fue forzada a los chilenos, quizás por el protagonismo de un Juez, en la siempre añoranza de un paternalismo colonial intervencionista no solicitado. Si no, hubiera quedado en el olvido, crímenes incluidos.
El Castrismo surge de una innecesaria guerra civil, acaudillada por una intelectualidad de rebeldía terrorista, basada en una sui géneris interpretación del ideal Martiano y dedicada genéricamente a la construcción de una utopía y un mito político, en medio de una economía brillante que evolucionaría a un balance negativo desastroso, a la vez que subsirviente en su dependencia. Sostenido tan solo por un protagonismo mundial en la dinámica de la Guerra Fría y por la incompetente política Norteamericana que lejos de propiciar Bloque Político de su área geográfica, crea alienación, que perpetua la polarización.
Más de tres generaciones han participado en el dilema de muerte o protagonismo. No importa el desgaste en guerras internacionales, solidaridades mitológicas, atletismo político, abismos nucleares y carencias básicas décimo mundistas. Todos somos el gobierno, y todos hablamos en tribuna internacional, con un lenguaje respetado. Somos el hombre nuevo.
Tampoco importa que ya todo sea agotamiento y desilusión. Queda el miedo. El miedo a pactar con el infierno que se nos creo, si sobreviene un cambio. Y en esto del infierno, muchos siguen alimentando sus dudas. Así, esta dictadura es incomparable, como es incomparable la ansiedad de sus detractores.
No es posible esperar que de semejante carta de navegación, desembarquemos en una democracia. Si es posible pactar, incrementando el contacto humano, contribuyendo a elevar la economía en desastre dependiente, enseñando la cara desconocida del infierno y deshaciendo paulatinamente el miedo al cambio. Es ahí el primer paso, cauteloso, de muchos que están por venir en un preámbulo donde “nazca” la motivación democrática.
Así que paciencia, mucha paciencia, primero hay que deshacer el mito. Pero en ambos lados.
Apoyemos el dialogo, aperturas sin exigencias y lógicas de lo negociable. A no ser que el empeño de democracia en el tapete de la mesa sea, interés de grupos o promoción personal

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